Eran varios, lo perseguían. Él no entendía qué pasaba, solo corría y corría.
Todos eran iguales a él, por eso entendía menos qué estaba pasando.
Lo alcanzaron, lo tomaron fuertemente, pasaron cuerdas por su engomado cuerpo; la leña estaba arrumada. Se reunieron lo siete enanitos, balbucearon un par de palabras y el de la cara cortada encendió la mecha que daría rienda suelta al fuego.
Con ojos llenos de brillo, esperó.

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